Sunday, April 02, 2006

"¡España no existe, con una chingada!"




Por alguna extraña y bizarra razón, cuando vamos cruzando el Río Ebro rumbo al pueblo Mirabet, al sur de Cataluña, recordé a mi maestra Graciela del primer año de primaria.

Todos los lunes por la mañana, mientras teníamos la ceremonia de Honores a la Bandera, la señora de cabeza plateada y unos 70 años a cuestas no nos dejaba subir a nuestros salones si primero no gritábamos a todo pulón (y el suyo lo era a pesar de la edad):

-¡Viva México!
-¡Viva España!
-¡Viva la Madre Patria!

Y así crecí yo. Toda mi vida fui educado pensando en España como esa Madre Patria que nos había legado el idioma, en primer lugar, y con ello la posibilidad de concebir al mundo, entenderlo, interpretarlo, recearlo y comunicarlo.

Me nutrí también de reflexiones como la de Simón Bolívar en el Museo del Templo Mayor del Centro Histórico de la Ciudad de México: "No somos indios, no somos españoles". Pero somos los dos en partes iguales, añadía yo viendo a un grupo de danzantes prehispánicos en el Zócalo capitalino.

Fui educado en una escuela -el glorioso Colegio Ciudad de México y su Escuela Campestre- fundado por los niños huérfanos de la guerra civil que fueron acogidos cariñosamente por el presidente Lázaro Cárdenas en Morelia.

La llevamos en apellidos como Ávila, Oviedo, Palencia, León y Lebrija, por mencionar algunos.

Por eso, un par de botellas de vino tinto navarro, una del licor vasco llamado Orujo y casi un six de cervezas (que son las que yo recuerdo) después, le confieso a mi nueva amiga Susana que estoy en estado de shock al darme cuenta que España, simple y sencillamente, "no existe".

Llegar hasta este hermoso pueblo, resguardado por un castillo medieval de la orden templaria, no fue para nada fácil. Alguien me había dicho que viajar por Iberia era considerado como un deporte extremo y que tendría suerte si mi equipaje terminada retenido en Madrid, cuando mi destino final era Barcelona... Pero no hice caso, grave error.

Abordé el avión temblando por el estrés y la tensión acumulada a lo largo de varios meses de crisis familiares, laborales y amorosas, que estuvieron a punto de estallar. Sólo pude calmarme gracias a una pareja de viejitos franceses que estaban maravillados por su reciente visita a la ciudad de Morelia.

Llegué a Madrid -donde debería conectar hacia Barcelona- a eso de las 10:00 de la mañana, pero el vuelo que debería salir a las 11:00 no despegó sino casi a las 14:00.

El agente de migación, cuando vio mi pasaporte, me dijo sin ninguna intención o emición: "Usted no ha estado nunca en Cataluña".

Yo le respondí: "¿Me lo está preguntando, me lo está informando o me lo está recriminando?"

-¿Tiene una carta de invitación?
-Fíjese que no. El pedo es que el que se invitó sólo fui yo. Pero si me presta una computadora le enseño el correo donde le aviso a mis amigos que ya vengo en camino. Le juro que sí me están esperando.

Ya en el carrusel del equipaje en Barcelona, efectivamente, mi maleta -y una más llena de curiosodades mexicanas para mis amigos Diana y Vate- no apareció. "¡Que están en Madrid!", me dijo el encargado de "servicio" al cliente.

Gracias al altruismo de mis amigos no fui empacado desde el mismo aeropuerto en la "Furgo" -término español para furgoneta, camioneta, troca y similares- para tomar unas dos horas más de carretera hacia el poblado de Mirabet, ubicado muy cerca de la ciudad de Tarragona, todo en el sur de Cataluña.

La salida la hicimos a la mañana siguiente, con mi amigo Oriol al volante; yo estaba un poco más descanzado, pero con un doloroso nudo a la altura del cuello que me impedía girar la cabeza hacia mi lado izquierdo.

Un par de horas después estábamos cruzando el Ebro en una pecuilar barca, para más adelante reunirnos con una banda conformada por cerca de 20 "Furgos" más, procedentes de ciuadades como Zaragoza, de todo el País Vasco y de Barcelona.

La onda resultó muy divertida. Cada determinado tiempo, estos compas que se conocieron en Internet deciden pasar un fin de semana en algunas ciudades de la geografía española a bordo de sus camionetas. Ahí pernoctan y organizan también una comida tradicional con los principales platillos de la región.

Uri -como llamamos cariñosamente a Oriol, a su vez novio de Ana, hermana menor de Vate- me había enseñado a comer un tradicional plato catalán llamado "Calzots" que por mucha explicación y alabanza no dejaba de verlo como una cebollota de cambray.

El chiste es que la cebolla es untada en una deliciosa salsa -la mitad de la cual termina en tu ropa- y así te puedes zampar unas 30 o 40 sin ningún problema.

Fue en esa comida comencé a entender por qué España no existe. Por un lado estaba la delegación vasca que, si les hubiéramos puesto casco y una espada, juro por mi madre que serían el ejército del Cid. "¡Estos cabrones son totalmente mediavales, no manches!" le explicaba a mi amigo Vate quien batallaba con su Calzot.

En otra esquina estaba los "maños"; es decir, los de Zaragoza. Recordé las palabras de Enrique Bunbury, según el cual "El Eje" estaba conformado precisamente por Zaragoza, la Ciudad de México y Buenos Aires.

Quique, el "maño mayor" habla hasta por los codos y con unos dos o tres porrones de vino encima ya me cuesta trabajo seguirle la conversación. Pero qué buenos amigos ya nos habíamos hecho, chingao, y entre los amigos las palabras sobran.

La mezcla de acentos era impresionante. La visión de la tierra y de sus regiones es tan radical que un par de botellas de vino tinto navarro, una de licor vasco llamado Orujo y casi un six de cervezas (que son las que yo recuerdo) después, le confieso a mi nueva amiga Susana que estoy en estado de shock al darme cuenta que España, simple y sencillamente, no existe.

En México nos educaron a ver a España como la Madre Patria, pero aquí nadie habla de ella. Antes que cualquier otra cosa, unos son catalanes, los otros vascos y los terceros maños... pero español, ninguno.

Yo les hablaba entonces de Benito Juárez. Hace 150 años él se había enfrentado al mismo problema: reconocer a los pueblos indígenas con sus usos, costumbres y lenguas, o romper con todo aquello para integrarlos a todos a la nación mexicana, con un solo idioma, sistema jurídico y una misma bandera e identidad.

Sigo pensando -a pesar de lo que digan los defensores a ultranza de la materia indígena- que la decisión de Juárez fue la correcta. Terminó con los regionalismos y ayudó a conformar el país que hoy se llama México. Por eso es el padre de la República y del Estado Mexicano, ni más ni menos.

Por eso hoy todos nos asumimos como mexicanos y no decimos que, antes de eso, somos jarochos, campechanos, del Bajío, monterreyenos y demás.

Pero aquí no pasa lo mismo. Uri me explica que él es, única y exclusivamente, catalán. Incluso me advierte que si le llamo español se va a "encojonar" y que no hay necesidad si estamos chupando tranquilos a la orilla del Ebro.

De los vascos, ni hablar. Ese sentimiento -en su concepción más radical, por su puesto- es el que llevó a un grupo de desadaptados a conformar una organización separatista como Euzkadi Ta Azkatazuna (ETA) para transformarse en un país con plenos derechos.

Incluso, cuando muchos inmigrantes llegaron a nuestro país, mantuvieron esas diferencias. Hagamos memoria y prácticamente ninguno de los grupos de "españoles" en México se asumieron como tales. Ahí están los asturianos -a riesgo de equivocarme, la primera minoría-, los gallegos e incluso castellanos.

Zacatecas fue en una época Nueva Galicia y al norte está el Nuevo Reino de León, con su capital en Monterrey.

Así pues, le digo entonces a Susana, digna integrante de la banda furgonetera, que he llegado a la conclusión de que España no existe y que es solamente un invento para poder cohesionar de alguna forma -política y económica- a todos estos países que se ubican en un territorio entre Portugal y Francia.

Pero España, como tal, no existe. Esa Madre Patria de la que me habló la maestra Graciela hace casi 25 años, es un sueño nada más. Me engañó la condenada viejita.

"Anda Raúl, que ya estás demasiado borracho", me dice Susana mientras amablemente pone una cerveza más en mi mano y destapa la suya. "Sí, pero estamos chupando bien aguuuusto ¿no?".

Con cariño para Ángeles Castellano... ¿y tú qué eres, por cierto?

3 Comments:

At 6:19 AM, Blogger Ángeles said...

Y yo soy sevillana primero, andaluza después. Es cierto, España nunca existió, ni siquiera con los Reyes Católicos, y mucho menos con Franco, que se empeñó en ahogar los acentos y las particularidades... España es una entelequia, siempre lo fue, y hoy es más evidente cada día...

Sin embargo, me gustaría pensar que esa es la grandeza de un territorio tan pequeño y tan rico. Que pudiésemos convivir en paz, aceptando las diferfencias del otro, curioseándolas para incorporar a nuestra identidad lo que más nos guste... Qué suerte has tenido, Raúl, que te haya tocado vivir en España, whatever that means, la noticia que nunca pensé en mi vida que fuese a leer, la del fin de la violencia de ETA. Eso me da esperanzas, tantas esperanzas...

Y otro día te cuento las diferencias para mí, como sevillana-chilanga, de loq ue significa la bandera, el himno, la patria, y todas esos símbolos que vivimos de una manera tan diferente mexicanos y "españoles".

Ojalá tengas tiempo de conocer mi tierra, el sur del sur, el valle del Guadalquivir, que tanta historia tiene también (de río a río), para tener algo más de la cosmovisión peninsular... Casi ningún mexicano baja hasta el sur, y entenderías tantas cosas de tu propia identidad...

Un beso y disfruta de todos los países que son España...

 
At 9:16 AM, Blogger Ángeles said...

Y por cierto, Raúl, es Castellanoooooooooo, uno solo, sin s, solo y singular... Parece mentira, ¡¡a estas alturas!!

 
At 8:58 AM, Blogger D said...

Barbarie.

 

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